1929-1932: Capítulo 6. Agonía de la monarquía, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 89-104.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de mayo de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
La dinastía cayó apena sacudirla, como fruto podrido,
antes de que la revolución tuviera tiempo siquiera a afrontar
sus miras más inmediatas. La imagen que trazamos de la
vieja clase dirigente no sería completa si no intentáramos
exponer cómo se enfrentó la monarquía con
la hora de su hundimiento.
El zar se encontraba en el Cuartel general, en Mohilev, adonde
se había trasladado, no porque fuese necesaria su presencia
allí, sino huyendo de las molestias petersburguesas. El
cronista palaciego, general Dubenski, que se hallaba cerca del
zar en el Cuartel general, registra en su diario: «Ha empezado
aquí una vida tranquila. Todo seguirá como antes.
El zar no cambiará nada. Sólo causas exteriores
y fortuitas pueden imponer algún cambio...» El 24
de febrero, la zarina escribía al Cuartel general, en inglés,
como siempre: «Confío en que el Kedrinski ese de la
Duma (se trata de Kerenski) será ahorcado por sus detestables
discursos; hay que hacerlo a toda costa (ley de tiempo de guerra).
Y servirá de ejemplo. Todo el mundo anhela e implora de
ti energía.» El 25 se recibe en el Cuartel general
un telegrama del ministro de la Guerra comunicando que en la capital
han estallado huelgas y disturbios, pero que se han tomado las
oportunas medidas y que la cosa no tiene importancia. ¡Como
se ve, no ha cambiado nada!
La zarina, que enseñaba siempre al zar a no retroceder,
sigue haciendo todo lo posible por mantenerse firme. El 26, con
el visible propósito de robustecer el ánimo vacilante
de «Nicolás», le telegrafía que «en
la ciudad todo está tranquilo». Pero en el telegrama
de por la noche se ve obligada ya a confesar que «las cosas
toman en la capital muy mal cariz.» Por carta le dice: «Hay
que decirles, sin ambages, a los obreros que se dejen de huelgas,
y si siguen organizándolas, mandarles al frente como castigo.
No hay para qué disparar; lo único que hace falta
es orden y no dejarles que atraviesen los puentes.» No era
mucho pedir, en verdad: ¡orden solamente! Y, sobre
todo, no permitir que los obreros lleguen al centro de la ciudad.
Que se ahoguen de rabia e impotencia en sus suburbios.
Por la mañana del día 27 es enviado desde el frente
a la capital el general Ivanov con un batallón de georgianos
y plenos poderes dictatoriales, aunque con instrucciones para
que no los proclame hasta después de ocupado Tsarskoie-Selo.
«Difícilmente podía haberse pensado en un hombre
menos adecuado para aquella misión -recuerda el general
Denikin, que también más tarde había de hacer
sus pinitos de dictadura militar-; era un hombre senil, incapaz
d orientarse en una situación política, sin fuerzas,
ni energía, ni voluntad, ni rigor.» La elección
recayó en él en gracia a sus méritos durante
la primera revolución: once años antes, este general
había hecho entrar en razón a Kronstadt. Pero esos
once años no habían pasado en balde. Durante ellos,
los represores habían envejecido y los reprimidos se habían
hecho adultos. Se dio a los frentes septentrional y occidental
orden de que preparasen tropas para enviarlas a la capital. Por
lo visto, creían disponer de tiempo sobrado. El propio
Ivanov daba por supuesto que la cosa acabaría pronto y
bien. Hasta tuvo la gentileza de acordarse de encargar a su ayudante
en Mohilev que comprara provisiones para los amigos de Petrogrado.
El 27 de febrero, Rodzianko envió al zar un nuevo telegrama,
que terminaba con estas palabras: «Ha llegado la hora suprema
en que van a decidirse los destinos de la patria y de la dinastía.»
El zar dijo a Frederichs, mayordomo de palacio, comentando el
despacho: «Ese gordo de Rodzianko vuelve a escribirme cuatro
tonterías, a las que ni siquiera pienso molestarme en contestar.»
No; aquello no era ninguna tontería, y pronto había
de convencerse de que no tenía más remedio que contestar.
El 27, cerca del mediodía, se recibe en el Cuartel general
un comunicado e Jabalov hablando de motines en los regimientos
de Pavlovski, de Volinski, de Litvoski y de Preobrajenski, y apuntando
la necesidad de que se enviasen del frente tropas de confianza.
Una hora después llega un telegrama completamente tranquilizador
del ministro de la Guerra: «Los disturbios que estallaron
por la mañana en algunos regimientos son sofocados firme
y enérgicamente por las compañías y los batallones,
fieles a su deber... Estoy firmemente persuadido de que se restablecerá
pronto la tranquilidad...» Sin embargo, después de
las siete de la tarde del mismo día, el propio ministro
comunica que «las escasas tropas que siguen fieles a su deber
no consiguen sofocar la sublevación». Y pide el urgente
envío de fuerza realmente leales y en cantidad suficiente
«para proceder simultáneamente en los distintos sectores
de la capital».
El Consejo de Ministros reunido aquel día creyó
llegado el momento oportuno para eliminar de su seno, por sí
y ante sí, a la supuesta causa de todas aquellas calamidades:
al ministro del Interior, Protopopov, hombre medio loco. Al mismo
tiempo, el general Jabalov ponía en vigor el decreto firmado
a espaldas del gobierno declarando por orden de su majestad el
estado de guerra en Petrogrado. De este modo intentábase
mezclar una vez más una paletada de cal con otra de arena,
pretensión vana, aunque tal vez no fuese ése el
designio. No se llegó siquiera a fijar los bandos declarando
el estado de guerra; resultó que el general-gobernador
Balk no tenía engrudo ni pinceles. La autoridad constituida
no servía ya ni para pegar un bando: pertenecía
ya al reino de las sombras.
La sombra principal de este último gabinete del zar era
el príncipe Golitsin, un viejo de setenta años,
que se había pasado varios regentando las instituciones
benéficas de la zarina y a quien ésta había
puesto al frente del gobierno en los días álgidos
de la guerra y la revolución. Cuando los amigos le preguntaban
a este «bonachón aristócrata ruso, a este viejo
senil» -como le definía el liberal barón de
Nolde-, por qué había aceptado un cargo de tanta
responsabilidad, Golitsin contestaba: «Para tener un recuerdo
agradable más que conservar.» Mas no lo consiguió,
por cierto. Hay un relato de Rodzianko que atestigua cuál
era el estado de ánimo del último gobierno del zar
en aquellos momentos. Al recibirse las primeras noticias de que
las masas avanzaban sobre el palacio de Marinski, donde el gobierno
celebraba sus reuniones, fueron apagadas inmediatamente todas
las luces del edificio. Aquellos hombres puestos al frente del
Estado sólo aspiraban a una cosa: a que la revolución
no se fijara en ellos. Mas el rumor no se confirmó, y cuando,
viendo que el temidos asalto no ocurría, volvieron a encenderse
las luces, más de un ministro zarista apareció,
«con gran sorpresa propia» acurrucando debajo de la
mesa. No ha podido averiguarse qué clase de recuerdos guardaría
en aquel lugar.
Mas tampoco el propio Rodzianko debía de sentirse muy animoso.
Después de varias tentativas trabajosas y estériles
para establecer comunicación telefónica con el gobierno,
consigue al fin que le pongan al habla con el príncipe
Golitsin, el cual le previene: «Tenga la bondad de no dirigirse
ya a mí para nada, pues estoy dimitido.» Al oír
esto, Rodzianko, según nos cuenta su fiel secretario, se
dejó caer pesadamente sobre un sillón, se cubrió
la cara con ambas manos y balbuciendo: «¡Qué
horror!... ¡Dios míos! ¡Sin autoridad!... ¡La
anarquía!... ¡Sangre!», rompió a llorar
silenciosamente. Al derrumbarse el espectro caduco del zarismo
no había consuelo para Rodzianko: sentíase desamparado,
huérfano. ¡Qué lejos se hallaba en aquellos
momentos de pensar que al día siguiente había de
ponerse a la cabeza de la revolución!
La contestación telefónica de Golitsin se explica
teniendo en cuenta que el día 27 por la tarde el Consejo
de Ministros se había reconocido incapaz para dominar la
situación y había aconsejado al zar que pusiese
al frente del gobierno a una persona que gozara de la confianza
general del país. El zar contestó a Golitsin en
estos términos: «Respecto a las modificaciones propuestas
en el ministerio, las considero inadmisibles en las circunstancias
actuales. Nicolás.» ¿A qué otras
circunstancias esperaba? Al propio tiempo, el zar exigía
que se adoptasen «las medidas más enérgicas»
para sofocar la sublevación. Pero esto era más fácil
de decir que de hacer.
Al día siguiente, 28, hasta la indomable zarina se siente
abatida. «Es necesario hacer concesiones -le telegrafía
a Nicolás-. Las huelgas continúan y muchas tropas
se han pasado a la revolución. Alicia.» Fue
necesario que se sublevase toda la Guardia, toda la guarnición,
para que la celosa guardadora de la autocracia comprendiese la
necesidad de hacer concesiones. Ahora que el zar empieza también
a darse cuenta de lo que le había telegrafiado «aquel
gordo de Rodzianko» no eran ninguna «tontería».
Nicolás decide trasladarse al lado de su familia. Es posible
que los caudillos del Cuartel general, que no se sentían
tampoco muy seguros, hiciesen todo lo posible por quitárselo
de encima.
En un principio, el tren real hizo su recorrido normalmente; como
de costumbre, fue recibido en todas las estaciones por los agentes
de policía y los gobernadores. Lejos del torbellino revolucionario,
recluido en su vagón, entre su séquito habitual,
el zar volvió a perder, visiblemente, la sensación
del desenlace fatal que se avecinaba. El día 28, a las
tres de la tarde, cuando el curso de los acontecimientos había
decidido ya su suerte, el zar envía desde Viasma a la zarina
este telegrama: «Tiempo magnífico. Confió en
que os encontraréis buenos y tranquilos. Han sido enviados
fuertes destacamentos de tropas desde el frente. Tiernamente tuyo,
Nika.» En vez de las concesiones a las que la propia
zarina le impulsa, el tierno amante envía tropas del frente.
Pero, a pesar del «tiempo magnífico», horas después,
el zar ya no tiene más remedio que afrontar cara a cara
el vendaval revolucionario. El tren llegó hasta la estación
de Vischera, donde los ferroviarios no dejaron seguir viaje: «El
puente está destruido», le dijeron. Lo más
probable es que este pretexto lo inventaran los del propio séquito
imperial para disimular la verdadera realidad. Nicolás
intentó pasar -o intentaron hacerle pasar- por Bologoye,
línea de Nikolaievoski; pero tampoco aquí dejaron
paso al tren real. Aquello era mucho más elocuente que
todos los telegramas de Petrogrado. El zar había abandonado
el Cuartel general y encontraba cerrado el paso a su capital.
¡Con los «peones» ferroviarios nada más,
la revolución daba jaque mate al rey!
El general Dubenski, que acompañaba al zar en su viaje,
escribe en el diario: «Todo el mundo se da cuenta de que
este viraje nocturno de Vischera es una noche histórica...
Para mí es evidente que el problema de la Constitución
está ya decidido; no hay más remedio que implantarla...
Ya no se habla más de la necesidad de ponerse de acuerdo
con ellos, con los miembros del gobierno provisional.» Ante
el semáforo cerrado, detrás del cual acecha acaso
la muerte, todos, el conde Frederichs, el príncipe Dolgoruki,
el duque de Leuhtenberg, todos estos caballeros aristócratas
se sienten partidarios de la Constitución. No piensan siquiera
en luchar y resistir un poco. Negociar nada más; es decir,
volver a engañar al pueblo o intentarlo, por lo menos,
como en 1905.
Mientras el tren real erraba de un lado para otro, sin encontrar
salida, la zarina enviaba telegrama tras telegrama al zar incitándole
a regresar a la capital lo más pronto posible. Pero los
telegramas llegaban todos devueltos con esta inscripción
en lápiz azul: «Se ignora el paradero del destinatario».
Los funcionarios de Telégrafos no podían dar con
el zar de todas las Rusias.
Regimientos con bandera y música dirigíanse en manifestación
al palacio de Táurida. La guardia de palacio formó
bajo el mando del gran duque Cirilo Vladimorovich, en quien se
reveló de súbito, como atestigua la condesa Kleinmichel,
una gran prestancia revolucionaria. Los centinelas se retiraron.
Los palatinos abandonaron el palacio. «Allí todo el
mundo atendía a salvase a sí mismo» -dice la
Wirubova-. Por el interior de palacio erraban grupos de soldados
revolucionarios, que lo miraban todo con ávida curiosidad.
Antes de que los dirigentes resolvieran lo que había que
hacer, ya la gente de abajo había convertido en un museo
el palacio de los zares.
El zar, cuyo paradero se ignora, vira con su tren hacia Pskov,
donde está el Estado Mayor del frente septentrional que
manda el viejo general Ruski. En el séquito del zar se
suceden unas proposiciones a otras. El zar da tiempo al tiempo
y sigue contando por días y por semanas, cuando la revolución
cuenta ya por minutos.
El poeta Block pinta al monarca en los últimos meses de
su reinado: «Terco, pero abúlico; nervioso, pero insensible
a todo; receloso de todo el mundo, desquiciado, pero cauto en
las palabras, no era ya dueño de sí mismo. Había
dejado de comprender la situación y no daba ni un solo
paso, echándose completamente en brazos de aquellos a los
que él mismo había puesto en el poder.» ¡Piénsese
hasta qué punto se acentuarían en este hombre esos
rasgos de abulia y de desquiciamiento, de miedo y de desconfianza,
al sobrevenir los últimos días de febrero y los
primeros días de marzo!
Por fin, Nicolás, haciendo un último esfuerzo, se
dispuso a enviar un telegrama al odiado Rodzianko -telegrama que
no debió de llegar tampoco a cursarse- diciéndole
que, en aras de la patria y de su salvación, le encargaba
de la formación de un nuevo Ministerio, reservándose
únicamente la provisión de las carteras de Negocios
Extranjeros, Guerra y Marina. El zar quiere todavía regatear
con «ellos»: no hay que olvidar que avanzan «numerosas
tropas» sobre Petrogrado.
El general Ivanov pudo llegar, efectivamente, sin novedad a Tsarskoie-Selo.
Por lo visto, los ferroviarios no se decidieron a hacer frente
al batallón de los georgianos. El general había
de confesar algún tiempo después que, durante el
trayecto, se había visto obligado a usar por tres o cuarto
veces de la «presión paternal» contra los soldados
rebeldes, obligándoles a arrodillarse. Inmediatamente de
llegar el «dictador» a Tsarskoie-Selo, las autoridades
locales le comunicaron que un choque de los georgianos con las
tropas podría poner en grave peligro la vida de la familia
real. Pero por quien temían era por sí mismos, y
esto les llevaba a aconsejar al «pacificador» que se
volviese.
El general Ivanov formuló a Jabalov, el otro «dictador»,
diez preguntas, a todas las cuales recibió una contestación
precisa y categórica. Reproducimos aquí las preguntas
y las respuestas, pues en verdad que lo merecen:
| PREGUNTAS DE IVANOV | RESPUESTAS DE JABALOV |
| 1º ¿Qué tropas se ajustan al orden y cuáles faltan a él? | 1º En el edificio del Almirantazgo tengo bajo mis órdenes cuatro compañías de la Guardia, cinco escuadrones y sotnias de cosacos, y dos baterías; el resto de las tropas se han pasado a los revolucionarios o permanecen neutrales en connivencia con ellos. Los soldados recurren la ciudad, sueltos o en grupos, y desarman a los oficiales. |
| 2ª ¿Qué estaciones están guardadas? | 2ª Todas las estaciones están en manos de los revolucionarios, que las guardan celosamente. |
| 3ª ¿En qué partes de la ciudad se mantiene el orden? | 3ª Toda la ciudad está en poder de los revolucionarios el teléfono no funciona y están cortadas las comunicaciones con los distintos barrios de la capital. |
| 4ª ¿Qué autoridades ejercen el poder en esos barrios de la capital? | 4ª No puedo contestar a esta pregunta. |
| 5ª ¿Funcionan normalmente todos los ministerios? | 5ª Los ministros han sido detenidos por los revolucionarios. |
| 6ª ¿De qué autoridades policiacas dispone usted en este momento? | 6ª De ninguna. |
| 7ª ¿Qué organismos técnicos y económicos del ramo de Guerra se hallan actualmente bajo sus órdenes? | 7ª Ninguno. |
| 8ª ¿Qué cantidad de víveres tiene usted a su disposición? | 8ª No dispongo de víveres. El 25 de febrero había en la ciudad 5.600.000 puds de harina. |
| 9ª ¿Han caído muchas armas, artillería y municiones, en manos de los rebeldes? | 9ª Toda la artillería está en poder de los rebeldes. |
| 10ª ¿Qué autoridades militares y Estados Mayores
están a las órdenes de usted? | 10ª Bajo mis órdenes personales se halla el jefe
del Estado Mayor del distrito; con los demás organismos
regionales no tenemos comunicación. |
Después de obtener estos datos, que le imponían,
de un modo bien inequívoco, de la realidad, el general
«accedió» a retornar con sus fuerzas, que ni
siquiera habían descendido del tren, a la estación
de Dno. «He aquí -concluye una de las primeras figuras
del Cuartel general, el general Lukomski- cómo el envío
del general Ivanov, con plenos poderes dictatoriales, vino a parar
en un fiasco escandaloso.»
La verdad es -dicho sea de paso- que el escándalo pasó
desapercibido, ahogado por la marejada de los acontecimientos.
Suponemos que el dictador enviaría las provisiones con
que quería obsequiar a sus amistades de Petrogrado y sostendría
una prolongada conversación con la zarina, en la que ésta
le hablaría de su abnegación en los hospitales de
campaña y se lamentaría de la ingratitud del ejército
y del pueblo.
Entretanto llegaban a Pskov, pasando por Mohilev, noticia tras
noticia, cada vez más sombría que la anterior. La
Guardia personal de su majestad, que se había quedado en
la capital y en la que la familia real conocía a cada soldado
por su nombre, rodeándolos a todos de mimos y cuidados,
se presenta a la Duma nacional pidiendo autorización para
arrestar a los oficiales que se niegan a solidarizarse con la
insurrección. El vicealmirante Kurosch comunica que no
ve posibilidad de sofocar la insurrección de Kronstadt,
pues no responde ni de un solo batallón. El almirante Nepenin
telegrafía que la escuadra del Báltico no reconoce
más gobierno que el Comité provisional de la Duma.
El jefe de las tropas de Moscú, Mrosovski, dice: «La
mayoría de las tropas, con la artillería, se han
pasado a los revolucionarios, en cuyo poder se halla, por tanto,
toda la ciudad: el general-gobernador y su ayudante han abandonado
sus puestos.» Dicho más claramente: han huido.
Todo esto le fue comunicado al zar el día 1 de marzo, por
la tarde. Hasta una hora avanzada de la noche se discutió
el pro y el contra de un Ministerio responsable. Por fin, a las
dos de la madrugada, el zar dio su conformidad. Los altos dignatarios
que le rodeaban respiraron tranquilos. Creyéndose como
la cosa más natural del mundo que con esto se cortaba de
raíz el problema de la revolución, dieron al mismo
tiempo órdenes para que volvieran al frente las tropas
que habían sido destacadas a Petrogrado, al apuntar el
día, la buena nueva. Pero el reloj del zar iba enormemente
atrasado. Rodzianko, acosado ya en el palacio de Táurida
por los demócratas, los socialistas, los soldados, los
diputados obreros, contestó a Ruski: «Lo que usted
propone no basta; lo que ahora se debate es la cuestión
dinástica... Las tropas se ponen en todas partes al lado
de la Duma y del pueblo y exigen la abdicación del zar
en favor de su hijo, bajo la regencia de Miguel Alexandrovich.»
La verdad era que a las tropas no se les había pasado siquiera
por las mentes semejante cosa. Lo que ocurría era que Rodzianko
achacaba bonitamente al ejército y al pueblo la fórmula
con que la Duma confiaba todavía en contener la revolución.
De todos modos, la concesión del zar llegaba demasiado
tarde: «La anarquía ha tomado tales proporciones,
que me he visto obligado a nombrar esta noche un gobierno provisional.
Desgraciadamente, el manifiesto ha llegado tarde»... Estas
palabras mayestáticas demuestran que el buen presidente
de la duma se había enjuagado ya las lágrimas que
derramara días antes justo al teléfono. El zar,
leyendo las palabras cambiadas entre Rodzianko y Ruski, vacilaba,
releía, esperaba. Pero los caudillos militares salieron
de su mutismo para tomar cartas en el asunto: la cosa urgía
y también a ellos les afectaba.
Aquella noche, el general Alexéiev pulsó, en una
especie de plebiscito, la opinión de los jefes de los frentes.
Es magnífico que las revoluciones modernas se realicen
con ayuda del telégrafo, pues así las primeras reacciones
y el eco que despiertan en los que ejercen el poder van quedando
registradas para la historia en las cintas telegráficas.
Las negociaciones entabladas entre los mariscales de campo del
zar la noche del 1 al 2 de marzo, nos suministran un documento
humano incomparable. ¿Debe abandonar el zar el trono, o no?
El generalísimo del frente occidental, general Evert, se
reserva su opinión hasta que hayan expuesto la suya los
generales Ruski y Brusílov. El generalísimo del
frente rumano, general Sazarov, exigía que e le comunicasen
previamente los dictámenes de los demás generalísimos.
Tras muchas vacilaciones, este bravo guerrero declaró que
su ardiente amor por el monarca le impide avenirse a tan «vil
proposición»; sin embargo, recomienda, «llorando»,
al zar que abdique «para enviar imposiciones aún más
viles». El general-ayudante Evert expone minuciosamente las
razones que aconsejan capitular: «Adopto todas las medidas
para evitar que las noticias referentes a la situación
actual reinante en las capitales penetren en el ejército,
con el fin de preservarlo de desórdenes, de otro modo inevitables.
Pero no hay modo de poner fin a la revolución en las capitales.»
El gran duque Nicolás Nikolaievich exhorta al zar desde
el frente caucásico a que tome una «resolución
heroica y abdique la corona»; el mismo ruego formulan los
generales Alexéiev y Brusílov y el almirante Nepenin.
Por su parte, Ruski expone verbalmente al zar su opinión,
que coincide con la de esos caudillos. Los generales encañonaban
respetuosamente con los cañones de sus siete revólveres
al adorado monarca. Temerosos de dejar escapar el momento propicio
para ponerse a bien con el nuevo poder, no menos temerosos de
sus propias tropas, estos guerreros, maestros en capitulaciones,
dan a su zar y jefe supremo, unánimemente, un consejo prudentísimo:
retirarse por el foro sin lucha. Ya no se trataba de aquel lejano
Petrogrado, contra el que, por lo visto, se podían destacar
tropas; se trataba del frente, de donde las tropas tenían
que salir.
Oídos estos pareceres, el zar decide renunciar a un trono
que ya no posee. Se redacta un telegrama a Rodzianko adecuado
a las circunstancias: «No hay sacrificio que yo no sea capaz
de hacer en aras del verdadero bien y de la salvación de
nuestra querida madre Rusia. Estoy, pues, dispuesto a abdicar
la corona en mi hijo, que seguirá a mi lado hasta llegar
a la mayoría de edad, nombrando regente del reino a mi
hermano el gran duque Miguel Alexandrovich. Nicolás.»
Mas tampoco este telegrama se llegó a cursar, pues se recibieron
noticias de que los diputados Guchkov y Chulguin salían
de Petrogrado para Pskov. Aquello daba nuevo pie para aplazar
la decisión. El zar ordenó que le devolviesen el
telegrama. Temía, evidentemente, haberse precipitado y
seguía esperando noticias tranquilizadoras; realmente,
lo que esperaba era un milagro. Recibió a los diputados
a las doce de la noche del día 2 de marzo. El milagro no
ocurrió, y ya no podía diferirse más tiempo
la resolución. Inesperadamente, el zar declaró que
no podía separarse de su hijo -¿qué vagas esperanzas
abrigaría en aquellos momentos?- y firmó un manifiesto
renunciando a la corona en favor de su hermano. Firmó también
unos ukases dirigidos al Senado nombrando al príncipe
Lvov presidente del Consejo de Ministros, y generalísimo
a Nicolás Nikolaievich. Los temores familiares de la zarina
parecían confirmarse: el odiado «Nikolaska» subía
al poder del brazo de los conspiradores. Por lo visto, Guchkov
creía seriamente que la revolución se avendría
con el augusto generalísimo. Éste tomó también
en serio el nombramiento y hasta intentó durante algunos
días gobernar apelando al cumplimiento de los deberes patrióticos.
Pero la revolución le empujó a un lado insensiblemente.
Con el fin de guardar las apariencias de una decisión espontánea
y libre, al manifiesto de renuncia a la corona se le puso como
hora las tres de la tarde, fundándose en que la resolución
primera del zar había sido tomada a esa hora. En realidad,
lo que se hacía era revocar aquella «decisión»
de por el día, que trasmitía la corona al hijo y
no al hermano, en la esperanza de que los acontecimientos tomarían
un giro favorable. Pero todo el mundo fingió no darse cuenta
de esto. El zar hacía una última tentativa por salvar
su dignidad ante los odiados representantes del parlamento, los
cuales correspondieron a ello tolerando aquella falsificación
de un acto histórico, es decir, un fraude contra el pueblo.
La monarquía se retiraba de la escena con el mismo estilo
con que había vivido. También sus sucesores se mantuvieron
fieles a sí mismos. Es posible que viesen en su tolerancia
una condescendencia generosa del vencedor para el vencido.
Apartándose un poco del estilo impersonal de su diario,
Nicolás escribe en el asiento del día 2 de marzo:
«Por la mañana vino Ruski y me leyó una larguísima
conversación sostenida con Rodzianko por teléfono.
A juzgar por sus informes, la situación en Petrogrado es
tal, que un ministerio compuesto por miembros de la Duma no serviría
de nada, pues tendría enfrente al partido socialdemócrata
representado por el Comité obrero. Le indicó que
era necesario que renunciase a la corona. Ruski comunicó
esta conversación al Cuartel general, a Alexéiev
y a todos los generalísimos. A las doce y media de la noche
llegaron las respuestas. Para salvar a Rusia y retener las tropas
en el frente he decidido dar este paso. Manifesté mi conformidad
y desde el Cuartel general se envió un proyecto de manifiesto.
Por la tarde llegaron de Petrogrado Guchkov y Chulguin, y, después
de entrevistarme con ellos, les entregué el manifiesto,
corregido y firmado. A la una de la noche me marché de
Pskov con el corazón dolorido. Por todas partes traición,
cobardía y engaño.»
Hay que reconocer que la amargura de Nicolás no carecía
de fundamento. el 28 de febrero, el general Alexéiev vuelve
a telegrafiar a todos los generalísimos de los frentes:
«Pesa sobre todos nosotros, ante el monarca y la patria el
deber sagrado de conservar en las tropas de los ejércitos
en operaciones la fidelidad al deber y al juramento prestado.»
Dos días después, Alexéiev excitaba a estos
mismos generalísimos a violar la fidelidad «al deber
y al juramento prestado». En el alto mando no hubo ni una
sola persona que defendiera a su zar. Todos se apresuraron a ponerse
a salvo, pasándose a la nave de la revolución, en
la firme creencia de que en ella encontrarían cómodo
aposentamiento. Generales y almirantes se despojaban tranquilamente
de las insignias zaristas para colocarse cintas rojas. Sólo
se habló de un pobrecillo comandante de un cuerpo de ejército
que murió de un ataque cardíaco al prestar juramento
al nuevo poder. Lo que no sabemos es si el corazón le estalló
al ver derrumbarse la amada monarquía o por otras causas.
Los dignatarios civiles no tenían por qué demostrar
profesionalmente más valor que los militares. Cada cual
se salvaba como mejor podía.
Pero, decididamente, el reloj de la monarquía no marchaba acorde con el de la revolución. El 3 de marzo, de madrugada, Ruski fue llamado nuevamente al aparato desde la capital por el hilo directo. Rodzianko y el príncipe Lvov exigían que no se hiciera público el manifiesto del zar, que llegaba otra vez tarde. Acaso se tranquilizasen -¿quiénes?- con la subida al trono de Alexei, comunicaban evasivamente los nuevos amos del poder; pero la renuncia a favor del príncipe Miguel era absolutamente inadmisible. Ruski exteriorizó, no sin cierta perversidad, su pesar ante el hecho de que los diputados de la Duma destacado el día anterior no estuviesen lo bastante informados acerca de los verdaderos fines de su viaje. Pero también para esto encontraron los diputados una salida. «Ha estallado, inesperadamente para todo el mundo, una sublevación militar como nunca se había visto -le explicó el gran chambelán a Ruski, como si realmente se hubiera pasado la vida estudiando sublevaciones militares-. La proclamación del gran duque Miguel como emperador no haría más que echar leña al fuego y sobrevendría una verdadera hecatombe.» Están todos asustados, todos han perdido la cabeza.